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sábado, 23 de noviembre de 2013

Desde la luna

Caminaba por la luna, esperando verte algún día desde un telescopio, para enviarte cartas desde la luna, cuando tú eras mi flor morena del cielo santo.
Le pedía al viento que atrapara al sol, para bañarte entre sus rayos y a las estrellas les rogaba una canción para ti, por si algún día quisieras estar a mi lado viendo el infinito vacío de la galaxia, pero vos malagradecida te alejabas del mar y en mi intento de estar cerca de ti, el mar inundaba tus casas vacías, donde esparcías los besos de muchos poetas que crecieron entre jazmines y las historias de artistas que en tus brazos se ahogaban.
Si un día paseas por un bosque y escuchas voces desde el cielo, recuerda que es un ángel que te llama manifestando mi espíritu santo en la angustia de vivir en un infierno, pues en mi intento que fueras feliz y al reconocer la derrota de verte partir, me escondía en el lado oscuro de esta luna, para no ser un figura santa de tus días laicos. 


Lloro por verme feliz.

Los sueños se pierden con el tiempo, en el silencio de los dieciocho hombres. Se van desvaneciendo, como el humo del cigarro. Las tintas van acabando con la imaginaria utopía de una meta y el papel terminó la historia sin un final. No sé a quién acudir, necesito una voz y la soledad otra vez insiste a la necesidad de ser una fría amiga cuando pido compañía.
El amor por mí se ha hundido en una crisis de ocaso y el solitario sueño se va apagar, mientras lloro por verme feliz, en una frustrada resurrección como escritor.

martes, 19 de noviembre de 2013

El café de Emilio - Conversando al lado de Ramón.

Esperaba a Emilio, para contarle todos los detalles en mente de su próxima salida con Micaela; pero esta vez sin engañarlo. Era una tarde para Andrés sentado con los cigarros contados en el bolsillo, en una de las bancas  -mal gastadas por escolares enamorados- del ovalo Julio Ramón Ribeyro. Contaría todo su plan para el pobre poeta urbano, ante los incómodos pensamientos de  no haber actuado de la manera correcta con él. Había prendido el cuarto cigarro y al pisar la colilla, una fría mano sintió sobre su hombro; cuando escuchó un “Hola, qué fue” de Emilio traído por una llamada a su celular en el cine pacifico, al ser necesitado por Andrés con ansías de conversar con alguien y él preocupado por la urgencia salió sin terminar de ver la película. Alejado del tiempo, sin recordar el dinero perdido ni el contexto solitario en el que se encontraba. Emilio llegó a tiempo, como había quedado con él “dame diez minutos y estoy ahí.” Siempre puntual y ahí estaba cuando volteó su rostro nervioso hacia el poeta, después de sentir la deshidratada mano de haber corrido la mitad de la avenida Pardo. Tal vez fueron las palabras de Andrés las que sentían el miedo; aunque no fueron impedimento para contarle a su amigo lo que sentía en ese momento.
 -Creo que ya me decidí.-
Emilio tratando de adivinar a qué se refería, se sentó a su lado. -¿De qué hablas?- Perdido en una conversación sin sentido.
-De Micaela. Me gusta y creo que por ella si soy capaz de dejarme de pendejadas.- Confesando lo que sentía por Micaela, dejando la razón durmiendo por un tiempo.
Con la risa brotando de la cara de Emilio e impresionado por lo que es capaz de hacer el amor «Jajaja qué mierda. ¿Esto es en serio?» despertó a una de sus voces dentro de él, cuando le pidió algo más concreto. 
-O sea ¿quieres estar con ella?- decía Emilio intentando prevalecer la seriedad y sin mucha preocupación por lo que vendría después, pero una voz en la cabeza de Emilio, le quitó las risas de la mente «Tú qué crees huevón. Es tardío, pero hasta los más grandes pendejos se enamoran.» Micaela era un tema olvidado, guardado en unos de sus bolsillos y prefería el bienestar de ella y el de Andrés, al de él, pero esa voz violó los códigos invocando ese gusto pecaminoso a la mente del literato.
-Men, si fuera otra flaca, tal vez no sería igual; pero no sé, siento algo distinto por ella. No sé qué es, pero quiero arriesgarme. Te lo juro- Tragando su propia saliva y angustiado por lo que sentía de no saber lo que quería. Andrés afirmaba sus sentimientos, sin consulta previa a los acalorados debates del corazón y la razón.
-Entonces ¿quieres estar con ella?- Esperando Emilio la respuesta como si fuera un juicio a cadena perpetua; a pesar de su preferencia por ellos dos. Él sabía que con un Sí se tatuaba en la mente la condena que pudo haber escuchado si hubiera sido más rápido en los juegos del amor.
-Sí.- Atravesaba los oídos de Emilio y antes de llegar al corazón alborotado. Emilio le dijo bebiendo un trago de su propia saliva.
-Sal con ella y dile para estar. Pásame un pucho.- 
Nervioso Andrés en el laberinto de la dopamina, le pidió ayuda al que siempre ayudaba. Sacando el quinto con el sexto cigarro, uno para Emilio y otro para él. 
-Eso haré, pero necesitaba que me dieras algún consejo.- Su voz inocente, sutil y virgen en relaciones, se entregaba al poeta prendiendo los cigarros. 
No sabía que aconsejarle, y al perderse en el laberinto de consejos egoístas se hundió en su adicción para soltar palabras de su propia fantasía, antes de la mediocre realidad que estaba pasando.
-Yo no te puedo dar consejos en esto. Debes ser tú y arriesgarte. Si realmente te quiere, va a estar ahí y seguro tú también estarás para ella. Solo debes luchar por ella y demostrarle que eres tú. Sin mascaras, ni disfraces. Es lo único que te puedo decir.- Pasando la saliva que embriaga sus pensamientos en un silencio de mente temporal. 
El chico que acababa de ser bautizado en el mundo del amor y dejaba atrás los vicios eróticos de todo joven, le sonreía a Emilio, sintiendo los remesones ilusorios de un futuro sin nombre.-Haré lo que pueda, gracias men. Trataré de mostrarle lo mejor de mí.- 

La necesidad de seguir hundiéndose era notaria, aunque Andrés nunca se daría cuenta por su narcisista personalidad. -No te preocupes. Me das unos puchos, antes que me vaya, porque había quedado hacer unas cosas después del cine y bueno, disculpa, pero son importantes.- Concedió los cigarros y con un “Chau, cuídate y suerte en todo”, mientras lo abrazaba; como un novato en mostrar cariño a sus amigos cercanos, se despedía Andrés de él. Entre la noche y las luces que giraban alrededor del ovalo Julio Ramón Ribeyro, y el pensamiento bohemio Emiliano alejándose de Pardo iba pintando la triste soledad de la avenida miraflorina. Sin escuchar Andrés el pensamiento «Cuánto amor habrá en el infierno, para seguir quedándome en esta maldita tierra»

lunes, 18 de noviembre de 2013

El café de Emilio - Sin permiso de conducir.

Eran los días de invierno empujando a un Agosto pensativo al exterminio del deseo masivo, de los que una vez anhelaban esa estación a una primavera olvidada en los cajones donde se guardan los polos de septiembre. 
Una gélida mañana en la cuadra siete de Grimaldo del Solar, los pretendientes cansados por la rutina recorrían la avenida sin mucho entusiasmo en sus bicicletas esperando un sol de septiembre que nunca llegaría. Diez cuadras después, fueron las que terminaron con el intento de Micaela por hacer ejercicios al sentir las piernas adormecidas; los músculos hinchados y el aire escapando por su boca agotada; acompañada de Andrés en el Malecón de Armendáriz. Aunque la gracia ácida de Andrés hidrataba el cansancio de Micaela, improvisando la letra de una trova burlesca, despertando los deseos por él una vez más, mientras los ojos de Micaela le sonreían a Andrés.
Él acomodó su bicicleta, para luego sentarse en el muro de ladrillos rojos del malecón -que llevan de vez en cuando una firma de amor en sus viejas pieles-. Miró a Micaela con una sonrisa de armonía, sin creer lo que él -un pendejo de nacimiento, con un historial de muslos que han pasado por sus piernas-. Iba a pensar de ese incógnito momento «Ni cagando me gusta esta flaca. Es hermosa, pero... Veré que hago con Viviane y Nicole» Las miradas entrelazadas de armonías y risas, entre bromas generaron la reflexión de Micaela y los pensamientos sobre él. Al grado de desear introducirse en su mente o solo confiar en las palabras de Andrés y en las drogas tóxicas para la razón. Una mezcla exacta para ella. Siendo para Micaela una elección y no el contenido que llena un vacío del alma. Andrés era elegido por su gracia, arte y atractiva beldad. «No sé que espera para besarme» Intranquila, pero siendo tranquila; deseaba esos labios.


Hasta que de pronto, en ese momento en el cual los labios se acercaban, aunque el tramo era largo entre historias de protestas, se escuchó un “¿Qué hacen aquí?” Partiendo las sonrisas de los dos, en un nuevo pasaje. 
-Oe, men qué haces tú aquí. Jajaja-. Intentando distraer a Emilio en un no-sé-qué-decir. Andrés tuve que mentirle de una forma instantánea, para no hacerlo sentir mal.
- Lo mismo pregunto-. Decía Emilio defraudado con la mirada perdida, esperando el saludo que nunca llegó de Micaela.
- Nada, men. Estaba paseando en bicicleta y cuando de pronto me encontré con Micaela y así paseamos juntos.- 
Emilio sabía que era engañado y que para mentiras a patas, Andrés no era ningún capo.   - Ah bueno. Yo estaba yendo a la casa de Julia, para dejarle unas cosas.-
Micaela para escapar del fraude notorio, intentaba sacudirse de Emilio de encima sin mencionarlo.-Andrés ya me tengo que ir ¿Vamos?- con un preciso retoque en la mirada, Emilio sabía que no estaba invitado y Andrés se despidió con un hablamos-mas-tarde. 

Al perder a Emilio de la vista. Micaela le dijo a Andrés que se iba a su casa fuera de mentiras, sin perdidas de tiempo y que cuando el tiempo sea solo para él, él la vaya a buscar un día, solo. Sin almas que lo acompañen, porque ella buscaba al personaje principal y no a secundarios. Andrés entendía a lo que se refería. Se dejó llevar por las cachetadas mentales que lanzaba Micaela y se enredó en su propio juego de dopaminas, enganchado por lo erótico y romántico de ella, cuando aceptó con el “No te preocupes, no volverá a pasar” y una sonrisa de aceptación-sin-ser-aceptada sabía que dejaría por un tiempo de ver a su amigo y perdería el tiempo en ella o tal vez lo ganaría en esta nueva presa rebelde que le sumaría puntos en sus conquistas infinitas.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Otra noche con la pequeña Julia.

Ella vive en el mismo edificio, perdiendo el tiempo con los sueños de sus pretendientes y cantando los caminos que irán hacia ella. No  tiene camisas viejas, siempre anda con la nueva y va gastando los dólares de sus padres en viejos polos. Pregúntale cuantos años va a cumplir la menor de edad.
Ahora pasa volando con sus aires de doncella, pierde el control cuando los vientos no son propicios para ella. Una discusión se hace tarde y las grietas que deja en la vereda se esparcen.  Ya sabes que dirá esta tarde, pero es impredecible lo que dijo antes. Otra noche con la pequeña Julia. Otra noche en Miraflores, mi corazón se derretirá por una tarde con ella en las calles de Petit Thours. Un beso frustrado y la esperanza de hablar se ahogarán con las fuerzas que necesitaré. Los sueños perdidos en sus alcantarillas arregladas, van caminando mal.

Esta tarde de Noviembre va siguiendo los pasos de una pequeña violadora de corazones y no sabemos para qué. Sigue saltando sobre su cama y adoptó otra tarántula para espantar a los cobardes. Suéltenme en mi perdición, para perderme entre los demás y así extraviarme en el intento. Seré un viento que no la incomodará, solo estaré en la pared. Bañado de blanco, como esta. Déjenme quedarme estampado en la pared para no incomodarle la tarde. No seré un valiente, ni un cobarde. Otra noche con la pequeña Julia, eso quiero ser.

Emilio Enamorado.

miércoles, 2 de octubre de 2013

El café de Emilio - La presencia de Julia.

Era un día pasado de copas en la calle alcanfores donde los postes alumbran el asfalto hecho por un alcalde olvidado por otras gestiones, cuando Emilio caminaba por ellas abrazando el olvido;  dos de sus amigos cercanos desaparecidos y la indiferencia de Julia. No pretendía recordar lo que olvidó y tampoco deseaba olvidar lo que había recordado, caminaba solo para vivir un nuevo presente marcado por los besos de hace dos semanas.  “¿Y ahora qué debe pasar en estos días, para reconocer la realidad?”

Mientras iba caminando, vio en el futuro de sus pasos una silueta que extrañaba en sus sueños. Pelo largo negro, ojos encuadrados entre lentes y una piel nívea que iluminaba el cielo, resplandecía la siguiente cuadra de Alcanfores. Era Julia la chica de sus llantos y el secreto de sus amigos, recordando sin pensar a Micaela y Andrés. 
Se acercaba el néctar de sus poemas y sus conversaciones;  los ojos de Emilio se tornaban carmesí, cuando un "hola" emocionado recompuso a Emilio en un distinto 
principio  al que ya había vivido con ella.
-Julia, cómo estás.-  No sabía que decir él con la voz estremecida por el saludo de ella. Esperando un beso o un abrazo, por lo menos una mirada de aprecio, pero el rostro insensible de Julia sin una chispa de amor dejaba a Emilio en una espera trágica. Ella veía en el rostro de Emilio, la trágica mirada ilusoria y tenía que ser ella la que acabe con todo ese cuento de ficción.
–Bien, comprando unos libros para las nuevas clases y  esperando a Rodrigo. ¿Qué haces por aquí?-
Julia apoyaba su mirada en el recuerdo de esos besos clandestinos que las noches de Domingo Orué se llevó con el nuevo romance que tenía entre manos su corazón. Inducía una nueva historia, nada que ver con el amor de los besos apasionados que se dieron. Dejando a Emilio en la duda rumbo al declive. 

-Y Rodrigo es…- Solo la respuesta de Julia  frenó a Emilio en un nuevo desenlace cayendo en un profundo abismo al prender un cigarro cuando escuchó “Mi enamorado” y darse cuenta que el resucitado romance había terminado con el beso en la frente.
Fingiendo las sonrisas y la sorpresa, como arte de un poeta decepcionado. Intento indagar más en la historia de Julia. -¿Cuánto tiempo van?-  Solo saber que hace unos dos meses atrás conoció a Rodrigo en un club de cine en Miraflores al ver una película de Almodóvar y hace una semana un colapso de ilusiones entre esos dos moribundos necesitados de amor, etiquetó su celebración del primer día, mientras el pasar de los días hizo fuerte su relación atravesando los mismos problemas que vivió Emilio con ella, pero en este caso el breve tiempo hacia de las suyas; lo dejó en un shock de desilusiones al sabor de su propia saliva, mientras pasaba por su garganta toda ese agrío sabor de no haber sido él, el elegido y amar a Julia amante de Rodrigo en tan corto tiempo; muy distinto a todo el esfuerzo y empeño de Emilio, por tratar de aferrarse a sus brazos una vez más.

La presencia montada en un caballo que imaginaba Emilio de Rodrigo bebiendo café agitó sus latidos con un beso de este ser de la nada a Julia y un apretón de manos al pobre desilusionado lo dejó crucificado cuando Julia se despidió del pobre poeta, después de presentarlo entre miradas que solo los antiguos amores reconocen a los nuevos reyes de esas tierras que fueron exiliados por el viento que se llevó la llama de una vela que colocaban a Cupido para que ese amor terrenal fuera para siempre.

Emilio se encontraba solo de nuevo, perdido en Alcanfores con las esperanzas marchitas y olvidando lo que hacía por esas calles, prendió un cigarro y recordó la frase que encasilló su destino por el chino de la bodega . “Al parecer está maldito enamorarse en Miraflores durante los años mozos.”
Mi alma se desmoronó al paso intentando sujetarse del corazón, pero el dolor fue más fuerte que la fuerza externa. Hecho de piedra, me sumergí en un llanto de lava. Quebrandome, como un pedazo de vidrio enpolvado. Era una vez más el amor vestido de muerte el que me pedía dejar este mundo, pero fue mi soledad la que me pidió quedarme con ella. Recordé a mis amigos, me olvidé del vacío que dejaron por su egoísta relación y traté de comunicarme con ellos; para por lo menos estar acompañado en estos solitarios días.

sábado, 21 de septiembre de 2013

El café de Emilio - La hora tomada

En el parque Clorinda, donde distintas aves silban a las 5 de madrugada, despertando a los más ancianos para que recorran el cuadrado dividido que los invita a vivir por unos años más. Las hojas de los arbustos miraban a los perros correr por todos lados. Se pusieron tristes por no tener el don de correr por el panorama que las ramas les otorgaron, entonces se vieron entre ellas y se tocaron las palmas prometiéndose nunca abandonarse, a pesar del deseo de recorrer tan lejano sueño en tan bella primavera. Como cambian las simples cosas; las hojas se fueron donde las llevó el viento y se olvidaron de sus promesas con un soplo de otoño. Tal pasó con Emilio y las promesas que le hizo a su corazón tan maltratado. Él estaba seguro de no volver a sentir lo que vivió con Julia, pero no pensaba que desafiar los mandamientos de Cupido le iba a desatar el castigo más grande entre todos los dioses del amor. Saborear la fantasía de haber estado a unos minutos de tener la suficiente valentía para decirle lo que sentía, el afecto distinto que tenía él por ella, entre todas las mujeres y conocer de golpe esa condena. “Se le sentencia a Emilio Rodríguez Silva encadenar su corazón y castigar su mente por siempre, por ser culpable a falta de valentía y desear a la mujer de su mejor amigo” decía la voz dentro de su consciente y en el mundo lleno de códigos. Mientras en sus sueños, su inconsciente escapaba de esa cárcel maldita y abrazaba sus deseos que habían crecido con el paso de los años.
Esa noche en el parque. La silla cargaba el cuerpo muerto de Emilio Rodríguez esperando la llegada de los recién presos del amor, treinta minutos antes de la hora tomada para reflexionar su postura de la relación o comportarse ante un balazo de besos ante sus ojos. Pasaban los minutos y sus ojos se iban pudriendo por dentro.
«Esto me pasa por cabro, si solo le hubiera dicho. Tal vez la historia hubiera sido distinta.» La sed amarga de una pareja y más aún su deseo estancado eran los pensamientos con los que pasaba el rato, mientras llegaban los muchachos. Al ser diez para las ocho con unos segundos, Micaela va corriendo donde Emilio desesperada para decirle unas cosas claras, para que todo el espacio salga perfecto. Intentando que su historia de amor sea la adecuada y probando el dulce manjar de los romances juveniles a su edad.
-Emilio, ¿cómo me veo?- decía Micaela agitando su corazón, más que su cuerpo.  Cuando Emilio vio en esta el jean que siempre le decía que se ponga, la polera manga larga que servía como fondo para resaltar el crucifijo que él le regaló, la boina de lana negra que compraron los dos juntos y se prestaban las veces que salían. Solo pensó en una cosa, mirando fijamente al crucifijo.
«Si él murió por amor, porque no me matas ahora que conozco el pecado del mundo.» -Te ves bien.-  decía Emilio con tranquilidad.
-Perfecto, ya mira. No sé, pero él es algo especial, después de lo que te conté hicimos video llamadas todos los días en las noches y tocaba a Silvio. Es tan lindo. Te lo juro, muero por él. ¿Tú qué me dices de él?-  Los oídos de Emilio no eran el mejor panal, para tales palabras bañadas de miel.  -.Sí Andrés es chévere, cuando lo conozcas te va a caer bien; harían una buena pareja.-  Repetía el mismo acto de Pedro ante Cristo y negaba el amor por ella sin gallos que cacaraqueaban. Micaela sonreía creando burbujas con posibles sucesos. (El primer mes, el aniversario, las maravillosas salidas y los abrazos infinitos con la firma de sus besos) Emilio pensaba (Su inevitable soledad, la boda de Micaela, los hijos de la relación y el día de su muerte) Andrés pensaba (Micaela y sus labios, sus ojos, su pelo,  su cuerpo; la primera vez; si durará más de un mes)
Andrés a media cuadra se preparaba para enfrentar en la plaza de su público ficticio al toro que esa noche quería dominar, para llevarse a casa la gloria cantada. El trovador vio de lejos a Emilio y Micaela sentados esperándolo, cuando llegó y la saludó impregnando sus labios por primera vez en su rostro. Emilio sintió una banderilla que le atravesaba todo el lomo delante del público ficticio que se burlaba de este pobre animal sin salida, ni futuro. –Disculpen la demora, tenía que  hacer unas cosas.-
-. No hay problema –dijo Micaela, sonriendo a los ojos de Andrés.- Andrés animado por la racha de goles que anotaba con solo estar presente animó sus cuerdas vocales y el arte que le nacía de seducir a jóvenes ninfas como Micaela. sacó la guitarra de pronto de su estuche.
-. Ya bueno, querías que toque “Te doy una canción”.-  Micaela con la ternura estampada en el rostro pardo, movía la cabeza verticalmente.
-. Ya regreso, voy por un café instantáneo.-
«Qué  mierda estoy pensando.»  Con un simple “ya” de parte de los dos, se fue del parque dejando solos a los ilusos, o, la ilusa con el hipnotizador de corazones. Iba cantando Andrés la canción al costado de ella. Micaela escuchaba la canción sentada al costado de él. Cuando de un “Te molesta mi amor” fueron trepando escalas con “La era está pariendo un corazón” Las almas se respiraban mutuamente, como si por suerte del destino el alma sudara;  hasta que acomodaron sus espíritus, para lanzarse al vacío de un beso. Asfixiando todo pensamiento y siendo solo el beso, la sombra de Emilio con su café se derrumbada a lo lejos por siete puñales en la espalda, veinte golpes en el rostro y una piedra que reventaba su cráneo para acabar con el tormento que llevaba en su cabeza. No volvió Emilio a la banca, se fue como un desaparecido del lugar.
Pasaron horas y minutos infinitos que hacían de la noche eterna, pero llegaba el momento de partir y como si fuera casualidad se preguntaron la existencia de otro ser en la tierra.
-Que raro. A dónde se habrá ido Emilio.- Decía Micaela desarreglada por los paros del corazón
-Seguro nos quiso dejar solos.-  
«qué buen pata es ese huevón.» volvía a respirar después de esos largos besos de cincuenta metros bajo el nivel del amor.