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miércoles, 11 de diciembre de 2013

El café de Emilio - La desilusión del poeta.

Ni la luna llena reflejada en el mar del panorama que se puede apreciar desde el parque Salazar, saciaba el corazón del pobre Emilio en aquellas noches grises ambientadas por un gélido viento que desmoronaba las lágrimas de su pobre rostro maquillado del tráfico limeño. Su pecho sentía la depresiva sensación de estar solo entre el medio millón de habitantes en la capital y su pérdida mirada, llena de llanto lo llevó a alguna tienda cercana del parque; perdiéndose por las calles oscuras de O'Donovan como una sombra en la oscuridad no entendía si realmente él era real.
Cuando encontró la luz de una tienda, empapada por carteles de helados y otros baratos productos  desesperadamente pidió al ingresar un ron al precio de una lata de leche,  dos gaseosas personales y una cajetilla de veintes balas de tabaco. Como si los minutos al combinarlos con cubas libres envejecieran su carisma, la pobre pinta criolla de su rostro limeño en ruina iba delatándolo con el sereno que de un modo amable le pidió que no siga bebiendo en las áreas públicas. Jocoso, derramaba carcajadas Emilio ante el rostro del sereno.
-Joven, no es por molestarlo; pero no está permitido tomar en áreas públicas. Los vecinos se quejan y luego la culpa recae sobre nosotros.- Decía el sereno humilde, sin matonerías como otros serenos del distrito. El trato le agradó a Emilio, contándole un resumen de su actitud miraflorina bohemia; aunque poca entendible.
-Entiendo tu trabajo, vivo en el distrito y sé que es generar disturbios o ridiculeces como esta. Lo que menos quiere Miraflores es ver el pasado en el presente, seguir viendo ebrios vomitando en algún parque da vergüenza. No te preocupes ya me retiraré en dos minutos, permíteme tomar los últimos sorbos de esta botella y me voy.-
No pasaron más de tres minutos y el bohemio se fue a su hogar caminando por la avenida Larco; viendo los borrosos rostros de los transeúntes solitarios y parejas felices que iban al malecón a pasar un agradable momento de la sociedad limeña.
Perdiendo su propia razón, el rostro condenado estaba a unas cuadras de su propia casa y en la bodega del chino compró otra botella de ron negro, pero en esta ocasión una que alcance toda el alba.  Arrastrando su cuerpo al llegar a su casa, se había confundido si lloraba por Micaela o Julia o alguna musa del pasado. Daba igual, lloraba por amor. Encontró en su sala, dos cajetillas de cigarros y prendió su laptop a un volumen apto para los oídos de Emilio; Rodriguez y Milanes cantaban para sus penas.  Mientras llegaban los dolores del espíritu, recostados sobre su mente; una pena profunda de su pequeña alma brotaba de los campos por cada sorbo bebido de alcohol absorbiendo los sueños de amor del pobre poeta. La debilidad desgarró sus fuerzas; como si un pedazo de vidrio rompiera una piedra. Las ilusiones escapan del cuerpo catastrófico que las albergaba a través de las lágrimas y de sus poros el sudor sabor a ron, dejaba rastro en el lapicero con el que escribía poema tras poemas toda la madrugada.
Cataratas y desbordes de llantos embarraban los antiguos versos que leía, como si se perdiera en una trágica historia de Alejandría toda la cultura de amor a dos poderosas afroditas.
Ante el apocalíptico suceso la vida y la muerte dejaron sola a la soledad de Emilio con él, como si fuera un objeto inerte. Tal roca sin presencia de nadie, ni el propio tiempo quiso quedarse, huyendo del funesto presente.  Hasta que el alba llegó y el cuerpo despoblado de emociones, no emitía un latido de vida.  El cadáver se levantó, después de la vida y muerte, percibiendo que todo había acabado en una terrible sequía de sentimientos.  Sin rostro, ni alma era un cadáver sin identificación. Un desaparecido esparcido en el pensamiento de vivir sin amar. Sin volver amar infinitamente. Había exiliado a Cupido y colocó en sus campos muertos una lápida al pensamiento romanticista de aquella noche.

domingo, 8 de diciembre de 2013

El café de Emilio - Un breve beso eterno.

Los alrededores de la Huaca Pucllana son preferibles para los deportistas y  los consumidores de marihuana y amor que desean sorprender a sus grupos sociales.
Era cuestión de ver las pruebas del pasado y las que vendrían a futuro, a través de la especulación para analizar el trágico recuerdo de un Emilio olvidado por sus amigos.

No era el rebote de un latido venenoso, pero debía conversar con alguien. Por la situación la única persona con la que podía conversar, era Julia. Saldría a pasear por los alrededores de mi casa y no habría ningún problema, como los que teníamos en el pasado. El presente era muy distinto. Ella andaba con ese tal “flaco”. Estaba seguro que nuestra salida iba a ser consolidada como los inicios de nuestra amistad. Dejando atrás esos sentimiento enfermizos que no entendía.

La esperaba sentado en la banca del pequeño parque sin nombre, que cruzaba la calle General Borgoña con la calle Sarrio; prendiendo otro cigarro y mirando los carros estacionados. Al llegar se dijeron lo clásico de siempre. “¿Cómo estás? y las novedades matutinas.”
Lo que me sorprendió fue su necesidad de evocar el pasado, como si hubiera sido perfecto. No les puedo negar los maravillosos momentos que había compartido con ella, pero traer las sensaciones enterradas a la vida actual. Son comportamientos que nunca deben pasar, por cuestiones del bienestar de un héroe de batalla, en la amistad bautizada al amor. Estoy seguro que cualquiera que pase por lo mismo que pasé yo, estuviera condenado a vivir otra vez un ciclo de dudas sobre si verdaderamente está enamorado. A pesar de estas dudas que venían a mí, mi indiferencia por mi propio bien se mantuvo de pie, hasta que no sabíamos que hacer y la tarde se hacía larga. Fue cuando recordé la casa a pocas cuadras donde estábamos de Arianna, una amiga que teníamos entre los dos. Podíamos visitarla y así evadir mayores recuerdos. Sin una palabra de mi plan espontáneo, fuimos por la Calle Ayacucho mientras su voz desesperada callaba mi indiferencia. Por suerte, estábamos cada vez más cerca, en plena Avenida Arequipa. Aunque no sabía si llegaría con mis cinco sentidos a la casa de Arianna por los múltiples recuerdos que me traía. En el cruce de la Arequipa y Domingo Orué mi pobre manera de dejarme llevar por Julia había brotado instantáneamente. A pesar de mi intento de mantenerme indiferente, incrementaban los deseos. Cerca de la puerta de Arianna, cada vez eran más. Ya en la puerta, era muy tarde y me había dejado llevar por Julia. Tocamos el timbre y Julia no dijo nada. Arianna sorprendida nos miró y preguntó qué hacíamos juntos y en su puerta. Fue cuestión de unos minutos retóricos explicándole  que no teníamos nada que hacer y si podíamos estar con ella, para así no estar solo los dos en plena calle fría; ingresamos a su casa y fue cuando Julia preguntó si podíamos ver una película. Arianna me miró molesta y nos pidió que nos sentemos, porque no era el mejor momento para interrumpirla. Estaba viendo Rashomon y nosotros habíamos llegado en una clásica escena. Fue cuando guardamos silencio, nos sentamos y dominado por la dopamina impulsada de Julia, jugué con el tazón de palomitas de maíz cogiendo un grupo de ellas y entregándolas a su boca. Sigilosamente, sin que Arianna se desconcentre de su película. Entre esos juegos que hacían a Julia, el “Cesar” miraba atentamente como sus labios se dejaban llevar por donde mi mano se movía y en mí pecho sentía la marea de un tsunami llegando a las orillas de mi corazón. Por lo jugado, ella deslizaba sus labios sobre mis manos, cuando entregaba las palomitas a su boca y entonces no esperé ni un minuto más para abrazarla. Cuando lo intenté y ella impulsó sus labios hacia los míos, como si fueran mis manos; nos entregamos en un breve beso de dos segundos. Sin entender que fue un beso, intenté abrazarla de nuevo, pero una vez más un breve beso de tres segundos se impuso al abrazo frustrado. Perdiendo la razón por el impulso desestabilizador. Terminábamos de ver la película, tomados de la mano.
Fueron esos dos cortos besos, los que vistieron a Julia una Musa para mí. Cuando al terminar la película Arianna se levantó sin decir nada y se dirigió a su cocina. Aproveché ese corto momento, para entregarle un beso en la frente, como los que le daba por tanto respeto tenidos a ella, así recordando los más grandes recuerdos de una dorada época de amistad con beneficios de pasados tiempos con ella. Al regresar Arianna, nos despedimos de ella, porque ya no sabíamos que hacer. Salimos y nos despedimos de ella con las dilatadas miradas entre nosotros. Fue cuando sonó la puerta cerrarse y el impulso brotó de mi alma, como un muerto se levanta de su tumba para aferrarme a su cuerpo, besándola en el ocaso cubierto por casas; abrazándonos para no caernos, mientras flotábamos en la acera nuestras almas eran una marea del océano profundo. Luego como si fueran réplicas de nuestros besos, llegaron más en cada cuadra que cruzábamos. Penetrando al infinito deseo sexual, cuando estábamos cerca mi casa; pero mi devoción romántica para eso tiempos dejó llevarse por lo obtenido y seguir sujetándome a esos labios. Después de aproximadamente 23 cuadras llegamos al Parque Henry Dunnant y decidió irse sola a su casa, con su pequeña voz inocente.

La besó en la frente y ella le entregó un abrazo en la noche larga del malecón. Se despidió y él tan satisfecho regresó a su casa. Lo irónico de todo fue olvidarse de lo que tenía que contarle. Recogía la tinta derramaba por las calles que cruzaron y Emilio al llegar a su casa, se conectó por la red social que solía usar para conversar con la peor condena de todas, el sufrimiento eterno que Cristo nunca pagó por él. Julia le había dicho que había cometido un error y él solo le siguió la corriente, diciendo que no había pasado nada, cuando Julia para calmarse dejó de hablar sin despedida.

Un día se había hecho una década para un corazón roto y para la indiferencia, solo una hora de experiencia.

lunes, 2 de diciembre de 2013

El café de Emilio - El deseo contagioso.

El parque del amor aunque suene paradójico es el espacio menos apreciado por las parejas bohemias. Será tal vez su cliché, su popularidad de centro comercial o tal vez sea por ser vecino del puente Villena (antiguo hogar de suicidas) También se especula que es el parque y no el puente el que ha condenado a la muerte a cientos de personas; mientras las trágicas víctimas del puente son solo la muestra radical de la combinación de recuerdos tatuados en el pasado, intentando escapar de algún error amoroso comenzado en el parque del amor.
Realmente poca importancia tenía una leyenda urbana como la que Emilio  repetía en sus escritos, en el fondo mostrando su antipatía por el parque; tal como Andrés, al decir que en cualquier parte del malecón miraflorino los actos sexuales se tornan eróticos al esconderse y los nervios de los participantes del deseo encarnado ponen a prueba sus sentidos para evitar algún morboso espectador o una víctima de una indeseada vista. Digamos que para Andrés era absurdo el parque del amor, cuando el amor se practica en todos lados menos en ese espacio del malecón.

Era curiosamente tarde, sin consciencia de serlo. Preguntaría cualquier cosa, pero no deseó hacerlo. Se mantuvo callada. Sin un saludo, me miraba enojada y de su furiosa lengua escupió sobre mi mente el olor de un café de hace veinte minutos traídos al presente por invocar un fastidioso recuerdo por mi tardía llegada. Realmente no sabía que hacer, las tardanzas suelen suceder en la vida informal del cariño, como en el espacio espiritual o abstracto. Era evidente su enojo y ante eso quería decirle “Dios tarda, pero no olvida” pero hubiera brotado su enojo mas de lo que ya estaba y su ateísmo budista se hubiera consolidado por ese dicho pronunciado. Así que preferí decirle algo supuestamente ético y romántico “Perdón” pero para qué dije eso. La cura, fue peor que la enfermedad. Recibí en pleno parque del amor una cátedra de mi  primer acto incorrecto en las primeras dos semanas de relación. Como si fuera poco para mí –ya hubiera querido- se quitó la chompa ligera de encima para mostrar la mitad de su sus senos al descubierto con la excusa del caluroso clima. Nunca antes había visto sus senos como ese día, tan deseados por mi instinto castigado, cuando intenté acercarme y se apartó de mí. Capté inmediatamente lo que buscaba. Empatía. Ella quería que la entendiera, pero no sabía qué hacer en ese preciso instante. Hasta que una idea brotó de uno de los bolsillos de mi saco, al entregarle el habano que recién había comprado para esa noche, el cual iba a usar para liberar toda pereza y hacer de mi noche, una bohemia compañía. Al explicarle la importancia de mi puro y haber visto una sonrisa en su rostro al entregárselo; percibí que toda estaba resuelto.
Nos sentamos en una de las bancas de balta, cuando mis latidos se aceleraban con sus besos y al cesar mis labios recorrían su cuello; sutilmente rozaban las faldas de sus senos, mientras exhalaba sobre mi cuello. Sentí desenfrenadamente el deseo de hacerla sentir en donde sea posible lo mismo y mucho más de lo que mi cuerpo excitado pedía a gritos. Era cuestión de minutos, para llevarla a mi casa; pero trágicamente el tiempo no estaba a favor nuestro. Lo cual no fue un fastidio para mí, pero para mi mente y mi emocionado miembro era desesperante no haber logrado nada ese día, cuales para compensarlos tuve que relajarlos con la imaginación, usando la divina masturbación que me brindaba Dionisio, para poder esa noche concentrarme en la música.

La noche llegaba y las responsabilidades de los dos se tornaban estresantes, cada minuto que pasaba. Era el momento de dejarla en su hogar y firmar la salida con otro de esos besos largos, tatuados en los labios de ella. Recordando rumbo a mi casa, cuando nos levantamos de las bancas de balta su mirada directa a mi bulto cubierto, intentando con la fantasía desvestirlo. Ese día me aprendí que el deseo es contagioso. Dejándome ese recuerdo pensativo por la calle San Martín. 

miércoles, 27 de noviembre de 2013

El café de Emilio - La primera noche.

A veces uno se echa sobre el pasto de un parque y ve el cielo de Lima deslizándose como una serpiente ploma entre los edificios de la ciudad, recordándote que es Miraflores por la tarde y el tráfico parió otro hijo. Suele pasar, si eres un curioso-de-la-nada. Perseguir a esas serpientes, dejándote llevar por el misterio; como cuando uno es pequeño y siente que el Sol del sur lo persigue hasta la capital. 
Una inexplicable sensación dentro de Andrés, se asemejaba al sol que lo acompañaba al Pasaje San Martín, donde vivía Micaela. Él, llevado por el pensamiento nervioso de arriesgar lo que tenía a su mano -flacas sin compromisos y ningún argumento para alguna persona- arriesgaba lo que tenía por ella. Bañado en un perfume nuevo, el músico estaba con una guitarra en su espalda y preparado para soltar sus mejores cartas por la noche. No solo había tocado el timbre cuando llegó al edificio, sino también había llegado al corazón de una cierta cantidad de nervios para acabar con estos y atender la tranquilidad de ella; cuando al sonar en la habitación del 401, Micaela esperaba lista su llegada. 

Tardando la respuesta de Micaela al responder por el intercomunicador, los nervios consumían al inexperto Andrés en relaciones serias –según la crítica de la generación Andrés-  Andrés se había transformado por el sudor invisible, que se deslizaba por su piel en un Emilio enamorado; pero al darse cuenta de su cambio y verse ante el reflejo de la luna de un carro, con la boina y los lentes de Emilio; recordó el gozo de tener a su favor la racha de victorias sin ninguna derrota, como las que no tenía Emilio. Sabía que era seguro de su triunfo al recordar las palabras de Micaela y él estar ahí, esperando salir con ella. Borrando de su rostro el maquillaje Emiliano que llevaba.
En el avance de esos pensamientos competitivos de ser el macho alfa de su cabeza y la cura de sus nervios, la voz de sirena de Micaela lo invitaba a subir, a través de su intercomunicador.

Micaela arreglaba la sala y había prendido un cigarro antes de la llegada de Andrés, para aromatizar el espacio donde vivía, dando la bienvenida y enviando un mensaje de libertad a Andrés; pero sin libertinaje debido a los ceniceros que había colocado sobre la mesa.
Sonreía al espejo, el cual la ayudó a terminar de maquillarse de tranquilidad. Cuando escuchó el timbre de su puerta y paró la sonrisa con unos ojos alborotados, miró a través del ojo mágico de la puerta y ahí estaba él, enfrente de ella perdido en un “cómo será por dentro, lo que no muestra al mundo exterior” con los pies suavemente flotando sobre el piso.
La puerta se abrió y ahí estaban los dos. Frente a frente; con los mismos saludos de siempre y los mortales corazones intentando unir sus propias almas en un sigiloso movimiento eterno, mientras sus razones dormían.
-Pasa, hay que ver una película ¿Qué opinas?-
Andrés estaba en su dicha. -Claro, no hay problema. Por mí normal. Hay que ver una de Stanley ¿qué opinas?- sonreía de un triunfo anticipado; el cual ya sabía por donde iba a ir, cuando atravesaba ese marco donde ingresaba solo las esenciales personas que ella dejaba pasar.
-Me encanta. Aunque yo estaba pensando en Fellini, pero bueno me diste otra genial idea.- Micaela intentando persuadir a Andrés, quería que el momento irónico del amor sea sentado en el sofá viendo una película lenta del cine francés. Fue cuando Andrés al darse cuenta que el ticket a su meta era solo posible con Fellini, aceptó la idea y al ingresar, Micaela le pidió que la acompañara a preparar crepés, porque no sería una buena película sin crepés. A ella le encantaba y de paso, él la ayudaría a preparar el café que él anhelaba, para no embriagarse de nicotina y besos pronosticados.
Entre carcajadas y una mesa que hacía de la cocina rincón de abrazos, chocaban espontáneamente los cuerpos con una conversación que evocaba a Salvador Dalí y Pablo Neruda; especiales para ellos al estar en la cocina. “Si fuera Dalí, mi café fuera un gato licuado” sin sentido la oración hacia aparentar a Andrés en un elixir de marihuana, como Micaela al decir que a Neruda se lo comieron los cronopios de Cortázar. Eso no fue de mucha gracia para Andrés, pero al decir que Emilio hubiera puesto el grito en el cielo por tal herejía al mundo literario latino; los dos empezaron a gritar en llantos de carcajadas imitándolo con su voz suave, pero pesada como un cortazariano fanático del real maravilloso y alguna novela de Virginia Wolf. Pasaron a la sala con los platos listos, dejando todo sobre la mesa al frente del sofá. Micaela se levantó con una sonrisa y con la sátira que se le caracteriza –Claro Andrés, sentémonos a ver la pantalla negra.- acabando con una sonrisa que penetraba los ojos del músico prendía el televisor y colocaba el disco en el DVD. Para seguir con el juego Andrés –Y dónde se apaga la luz de tu noctámbula sala.- Micaela se sentó en el sofá, sonriéndole y su brazo izquierdo por la espalda de Andrés apagó el interruptor; brazo que no se movió de la espalda, abrazándolo mientras la cara del puberto francés aparecía en el televisor. Para acomodarse, Andrés hizo maniobras con sus brazos. Tal como si fuera una guitarra, orientó el torso echado de ella sobre él, sin complicaciones de un brazo detrás suyo y perfecto para un beso en los créditos.

Pasaban los minutos en el suspenso de la película y la dueña de casa le pedía al inquilino de su corazón que le pasara los crepés, y este pedía que le prenda el cigarro de la boca. Cuando después de la taza de café, cigarros y varios crepés, él acercó su rostro en la escena del pequeño niño corriendo por la playa francesa desconocida que Micaela miraba atentamente y toscamente se perdió en un beso de unos leves segundos; cuando su alma sintió un breve golpe al espíritu desencadenado, para hacer lo que le pida el amor. Pasaron de breves a largos y hasta eternos besos inseparables, cuando llegaron a los créditos sin percibirlos y los besos mortales se reproducían hasta que llegó un respiro generando remesones en las manos de los dos; acariciando el rostro de ella con una y con la otra la cadera estática; mientras ella acariciaba su espalda y apoyaba el rostro en el cuello erótico del músico. Andrés desprendía las palabras finales de su solitaria vida pendeja con los nervios anestesiados – ¿Quieres estar conmigo?- 
En un segundo de silencio las energías se deslizaban como una cadena de energías, girando en torno de las piernas y los muslos detenidos, cuando la cadena mutó a serpiente y el abdomen había retenido en ese segundo el aire, antes de finalizar la oración de Andrés. Hasta que la serpiente ató el cuello, obligándola a escupir la palabra que brotaba del impulso innato humano. –Sí.- Sellando la conversación con un beso 
distinto al de otros,  elevando su alma mas allá de este planeta. 





martes, 19 de noviembre de 2013

El café de Emilio - Conversando al lado de Ramón.

Esperaba a Emilio, para contarle todos los detalles en mente de su próxima salida con Micaela; pero esta vez sin engañarlo. Era una tarde para Andrés sentado con los cigarros contados en el bolsillo, en una de las bancas  -mal gastadas por escolares enamorados- del ovalo Julio Ramón Ribeyro. Contaría todo su plan para el pobre poeta urbano, ante los incómodos pensamientos de  no haber actuado de la manera correcta con él. Había prendido el cuarto cigarro y al pisar la colilla, una fría mano sintió sobre su hombro; cuando escuchó un “Hola, qué fue” de Emilio traído por una llamada a su celular en el cine pacifico, al ser necesitado por Andrés con ansías de conversar con alguien y él preocupado por la urgencia salió sin terminar de ver la película. Alejado del tiempo, sin recordar el dinero perdido ni el contexto solitario en el que se encontraba. Emilio llegó a tiempo, como había quedado con él “dame diez minutos y estoy ahí.” Siempre puntual y ahí estaba cuando volteó su rostro nervioso hacia el poeta, después de sentir la deshidratada mano de haber corrido la mitad de la avenida Pardo. Tal vez fueron las palabras de Andrés las que sentían el miedo; aunque no fueron impedimento para contarle a su amigo lo que sentía en ese momento.
 -Creo que ya me decidí.-
Emilio tratando de adivinar a qué se refería, se sentó a su lado. -¿De qué hablas?- Perdido en una conversación sin sentido.
-De Micaela. Me gusta y creo que por ella si soy capaz de dejarme de pendejadas.- Confesando lo que sentía por Micaela, dejando la razón durmiendo por un tiempo.
Con la risa brotando de la cara de Emilio e impresionado por lo que es capaz de hacer el amor «Jajaja qué mierda. ¿Esto es en serio?» despertó a una de sus voces dentro de él, cuando le pidió algo más concreto. 
-O sea ¿quieres estar con ella?- decía Emilio intentando prevalecer la seriedad y sin mucha preocupación por lo que vendría después, pero una voz en la cabeza de Emilio, le quitó las risas de la mente «Tú qué crees huevón. Es tardío, pero hasta los más grandes pendejos se enamoran.» Micaela era un tema olvidado, guardado en unos de sus bolsillos y prefería el bienestar de ella y el de Andrés, al de él, pero esa voz violó los códigos invocando ese gusto pecaminoso a la mente del literato.
-Men, si fuera otra flaca, tal vez no sería igual; pero no sé, siento algo distinto por ella. No sé qué es, pero quiero arriesgarme. Te lo juro- Tragando su propia saliva y angustiado por lo que sentía de no saber lo que quería. Andrés afirmaba sus sentimientos, sin consulta previa a los acalorados debates del corazón y la razón.
-Entonces ¿quieres estar con ella?- Esperando Emilio la respuesta como si fuera un juicio a cadena perpetua; a pesar de su preferencia por ellos dos. Él sabía que con un Sí se tatuaba en la mente la condena que pudo haber escuchado si hubiera sido más rápido en los juegos del amor.
-Sí.- Atravesaba los oídos de Emilio y antes de llegar al corazón alborotado. Emilio le dijo bebiendo un trago de su propia saliva.
-Sal con ella y dile para estar. Pásame un pucho.- 
Nervioso Andrés en el laberinto de la dopamina, le pidió ayuda al que siempre ayudaba. Sacando el quinto con el sexto cigarro, uno para Emilio y otro para él. 
-Eso haré, pero necesitaba que me dieras algún consejo.- Su voz inocente, sutil y virgen en relaciones, se entregaba al poeta prendiendo los cigarros. 
No sabía que aconsejarle, y al perderse en el laberinto de consejos egoístas se hundió en su adicción para soltar palabras de su propia fantasía, antes de la mediocre realidad que estaba pasando.
-Yo no te puedo dar consejos en esto. Debes ser tú y arriesgarte. Si realmente te quiere, va a estar ahí y seguro tú también estarás para ella. Solo debes luchar por ella y demostrarle que eres tú. Sin mascaras, ni disfraces. Es lo único que te puedo decir.- Pasando la saliva que embriaga sus pensamientos en un silencio de mente temporal. 
El chico que acababa de ser bautizado en el mundo del amor y dejaba atrás los vicios eróticos de todo joven, le sonreía a Emilio, sintiendo los remesones ilusorios de un futuro sin nombre.-Haré lo que pueda, gracias men. Trataré de mostrarle lo mejor de mí.- 

La necesidad de seguir hundiéndose era notaria, aunque Andrés nunca se daría cuenta por su narcisista personalidad. -No te preocupes. Me das unos puchos, antes que me vaya, porque había quedado hacer unas cosas después del cine y bueno, disculpa, pero son importantes.- Concedió los cigarros y con un “Chau, cuídate y suerte en todo”, mientras lo abrazaba; como un novato en mostrar cariño a sus amigos cercanos, se despedía Andrés de él. Entre la noche y las luces que giraban alrededor del ovalo Julio Ramón Ribeyro, y el pensamiento bohemio Emiliano alejándose de Pardo iba pintando la triste soledad de la avenida miraflorina. Sin escuchar Andrés el pensamiento «Cuánto amor habrá en el infierno, para seguir quedándome en esta maldita tierra»

lunes, 18 de noviembre de 2013

El café de Emilio - Sin permiso de conducir.

Eran los días de invierno empujando a un Agosto pensativo al exterminio del deseo masivo, de los que una vez anhelaban esa estación a una primavera olvidada en los cajones donde se guardan los polos de septiembre. 
Una gélida mañana en la cuadra siete de Grimaldo del Solar, los pretendientes cansados por la rutina recorrían la avenida sin mucho entusiasmo en sus bicicletas esperando un sol de septiembre que nunca llegaría. Diez cuadras después, fueron las que terminaron con el intento de Micaela por hacer ejercicios al sentir las piernas adormecidas; los músculos hinchados y el aire escapando por su boca agotada; acompañada de Andrés en el Malecón de Armendáriz. Aunque la gracia ácida de Andrés hidrataba el cansancio de Micaela, improvisando la letra de una trova burlesca, despertando los deseos por él una vez más, mientras los ojos de Micaela le sonreían a Andrés.
Él acomodó su bicicleta, para luego sentarse en el muro de ladrillos rojos del malecón -que llevan de vez en cuando una firma de amor en sus viejas pieles-. Miró a Micaela con una sonrisa de armonía, sin creer lo que él -un pendejo de nacimiento, con un historial de muslos que han pasado por sus piernas-. Iba a pensar de ese incógnito momento «Ni cagando me gusta esta flaca. Es hermosa, pero... Veré que hago con Viviane y Nicole» Las miradas entrelazadas de armonías y risas, entre bromas generaron la reflexión de Micaela y los pensamientos sobre él. Al grado de desear introducirse en su mente o solo confiar en las palabras de Andrés y en las drogas tóxicas para la razón. Una mezcla exacta para ella. Siendo para Micaela una elección y no el contenido que llena un vacío del alma. Andrés era elegido por su gracia, arte y atractiva beldad. «No sé que espera para besarme» Intranquila, pero siendo tranquila; deseaba esos labios.


Hasta que de pronto, en ese momento en el cual los labios se acercaban, aunque el tramo era largo entre historias de protestas, se escuchó un “¿Qué hacen aquí?” Partiendo las sonrisas de los dos, en un nuevo pasaje. 
-Oe, men qué haces tú aquí. Jajaja-. Intentando distraer a Emilio en un no-sé-qué-decir. Andrés tuve que mentirle de una forma instantánea, para no hacerlo sentir mal.
- Lo mismo pregunto-. Decía Emilio defraudado con la mirada perdida, esperando el saludo que nunca llegó de Micaela.
- Nada, men. Estaba paseando en bicicleta y cuando de pronto me encontré con Micaela y así paseamos juntos.- 
Emilio sabía que era engañado y que para mentiras a patas, Andrés no era ningún capo.   - Ah bueno. Yo estaba yendo a la casa de Julia, para dejarle unas cosas.-
Micaela para escapar del fraude notorio, intentaba sacudirse de Emilio de encima sin mencionarlo.-Andrés ya me tengo que ir ¿Vamos?- con un preciso retoque en la mirada, Emilio sabía que no estaba invitado y Andrés se despidió con un hablamos-mas-tarde. 

Al perder a Emilio de la vista. Micaela le dijo a Andrés que se iba a su casa fuera de mentiras, sin perdidas de tiempo y que cuando el tiempo sea solo para él, él la vaya a buscar un día, solo. Sin almas que lo acompañen, porque ella buscaba al personaje principal y no a secundarios. Andrés entendía a lo que se refería. Se dejó llevar por las cachetadas mentales que lanzaba Micaela y se enredó en su propio juego de dopaminas, enganchado por lo erótico y romántico de ella, cuando aceptó con el “No te preocupes, no volverá a pasar” y una sonrisa de aceptación-sin-ser-aceptada sabía que dejaría por un tiempo de ver a su amigo y perdería el tiempo en ella o tal vez lo ganaría en esta nueva presa rebelde que le sumaría puntos en sus conquistas infinitas.

miércoles, 2 de octubre de 2013

El café de Emilio - La presencia de Julia.

Era un día pasado de copas en la calle alcanfores donde los postes alumbran el asfalto hecho por un alcalde olvidado por otras gestiones, cuando Emilio caminaba por ellas abrazando el olvido;  dos de sus amigos cercanos desaparecidos y la indiferencia de Julia. No pretendía recordar lo que olvidó y tampoco deseaba olvidar lo que había recordado, caminaba solo para vivir un nuevo presente marcado por los besos de hace dos semanas.  “¿Y ahora qué debe pasar en estos días, para reconocer la realidad?”

Mientras iba caminando, vio en el futuro de sus pasos una silueta que extrañaba en sus sueños. Pelo largo negro, ojos encuadrados entre lentes y una piel nívea que iluminaba el cielo, resplandecía la siguiente cuadra de Alcanfores. Era Julia la chica de sus llantos y el secreto de sus amigos, recordando sin pensar a Micaela y Andrés. 
Se acercaba el néctar de sus poemas y sus conversaciones;  los ojos de Emilio se tornaban carmesí, cuando un "hola" emocionado recompuso a Emilio en un distinto 
principio  al que ya había vivido con ella.
-Julia, cómo estás.-  No sabía que decir él con la voz estremecida por el saludo de ella. Esperando un beso o un abrazo, por lo menos una mirada de aprecio, pero el rostro insensible de Julia sin una chispa de amor dejaba a Emilio en una espera trágica. Ella veía en el rostro de Emilio, la trágica mirada ilusoria y tenía que ser ella la que acabe con todo ese cuento de ficción.
–Bien, comprando unos libros para las nuevas clases y  esperando a Rodrigo. ¿Qué haces por aquí?-
Julia apoyaba su mirada en el recuerdo de esos besos clandestinos que las noches de Domingo Orué se llevó con el nuevo romance que tenía entre manos su corazón. Inducía una nueva historia, nada que ver con el amor de los besos apasionados que se dieron. Dejando a Emilio en la duda rumbo al declive. 

-Y Rodrigo es…- Solo la respuesta de Julia  frenó a Emilio en un nuevo desenlace cayendo en un profundo abismo al prender un cigarro cuando escuchó “Mi enamorado” y darse cuenta que el resucitado romance había terminado con el beso en la frente.
Fingiendo las sonrisas y la sorpresa, como arte de un poeta decepcionado. Intento indagar más en la historia de Julia. -¿Cuánto tiempo van?-  Solo saber que hace unos dos meses atrás conoció a Rodrigo en un club de cine en Miraflores al ver una película de Almodóvar y hace una semana un colapso de ilusiones entre esos dos moribundos necesitados de amor, etiquetó su celebración del primer día, mientras el pasar de los días hizo fuerte su relación atravesando los mismos problemas que vivió Emilio con ella, pero en este caso el breve tiempo hacia de las suyas; lo dejó en un shock de desilusiones al sabor de su propia saliva, mientras pasaba por su garganta toda ese agrío sabor de no haber sido él, el elegido y amar a Julia amante de Rodrigo en tan corto tiempo; muy distinto a todo el esfuerzo y empeño de Emilio, por tratar de aferrarse a sus brazos una vez más.

La presencia montada en un caballo que imaginaba Emilio de Rodrigo bebiendo café agitó sus latidos con un beso de este ser de la nada a Julia y un apretón de manos al pobre desilusionado lo dejó crucificado cuando Julia se despidió del pobre poeta, después de presentarlo entre miradas que solo los antiguos amores reconocen a los nuevos reyes de esas tierras que fueron exiliados por el viento que se llevó la llama de una vela que colocaban a Cupido para que ese amor terrenal fuera para siempre.

Emilio se encontraba solo de nuevo, perdido en Alcanfores con las esperanzas marchitas y olvidando lo que hacía por esas calles, prendió un cigarro y recordó la frase que encasilló su destino por el chino de la bodega . “Al parecer está maldito enamorarse en Miraflores durante los años mozos.”
Mi alma se desmoronó al paso intentando sujetarse del corazón, pero el dolor fue más fuerte que la fuerza externa. Hecho de piedra, me sumergí en un llanto de lava. Quebrandome, como un pedazo de vidrio enpolvado. Era una vez más el amor vestido de muerte el que me pedía dejar este mundo, pero fue mi soledad la que me pidió quedarme con ella. Recordé a mis amigos, me olvidé del vacío que dejaron por su egoísta relación y traté de comunicarme con ellos; para por lo menos estar acompañado en estos solitarios días.

viernes, 20 de septiembre de 2013

El café de Emilio - En la lona

En este mundo no hay que aferrarse a nada.. así como te aferras a lo que te apasiona, dale una chequeada al otro mundo y a las personas que quieren saber de ti como lo hice en su momento yo. Espero que te vaya bien. Tu también sabes que podrás contar conmigo si necesitas alguien como yo en el mundo tan jodidamente bonito. Hasta siempre. Y ojala volvamos a vernos algún día sin presiones.

De ella, para mí.





Capitulo 1


En la cuadra cuarenta y cinco de la
Av. Petit Thouars, el cemento fresco que un día será un fragmento de la vereda, se transforma en papel  para las mentes de parejas que petrifican su relación en una corta frase desafiante a las futuras posibilidades de una separación, y los amarra en un juego de ilusiones eternas sin pensar en la terrible extinción de su libertad. Ilusión en el suelo, con un tono gris cemento que es invocada letra por letra en esa frase; hasta que un día, un fenómeno haga trizas esa utopía y quede para siempre en sus mentes ese suceso escrito que forma parte de la vereda que saboreará aparte de las ilusiones destruidas, un rostro ensangrentando y quizás los besos de un ebrio enamorado que escribió su nombre al lado de su antiguo amor. en la cuadra cuarenta y cinco de la Av. Petit Thouars.

En la cuadra, al mediodía una pareja de aproximadamente catorce años juegan a la rayuela utópica de saltarse partes de la vida, sin conocer los sabios procesos en el amor. Nadie interrumpía su juego de barrio, porque todos sabían que el juego es parte del crecimiento que ayudará a los pequeños ilusos a ser fuertes, como fríos ante frágiles relaciones y calientes deseos de volver a ilusionarse de la misma persona.
El dueño de la bodega que se encuentra en la esquina. Observa a la pareja de pubertos a pocos metros de distancia y saborea sus labios secos, para recordar la ausencia del hambre que ya muerto se encuentra y colgado su recuerdo instantáneo al costado del televisor, en la parte superior de un ángulo exacto para poder girar, mientras hace los cálculos y
ver los goles que desde hace más de tres décadas anhela. Al regresar a su propio laberinto de abarrotes, le pasa la voz a su hijo mayor para que se haga cargo del cálculo, mientras él descansa en una silla roja viendo el partido que ese día quería. Vuelta a lamerse los labios, sentado en su sofá carmesí, escuchando el tumulto de clientes que llegan al mediodía a comprar la lista de ingredientes para el almuerzo.
Un joven pide en su lista: una cajetilla de veinte unidades de tabaco con alquitrán. “Otra vez Emiliano” la voz del dueño que de improviso, se alzó al ver las compras del muchacho y desde pequeño había visto al joven Emilio acompañado de su madre ingresar por la bodega con una sonrisa llena de calma interrumpió el trato entre su hijo y Emilio.

-.Anda, chinito, son solo puchos; me ayudan a quitarme ese pánico de encima por un rato. Dame mi café, por favor.- Se levantó el chino del sillón, con un rostro de soberbia.
-. Si no son puchos, es café y si no te basta con eso, es el trago. A tu edad es malo ahogar de esa manera todos tus problemas. Solo los loquitos hacen esas cosas -. El chino percibió mientras servía el café,  por un breve momento, los ojos de Emilio que miraba detenidamente  a la pareja de chicos jugando rayuela; le entregó el vaso a medio llenar de café instantáneo. Lo miró de reojo  y le dijo.- Acaso estás enamorado de una de esas que vive por acá. Ojalá que no. Estas chicas son bien especiales, pregúntale  a cualquier hombre que se haya enamorado a tu edad. Al parecer está maldito enamorarse en Miraflores durante los años mozos.-
-No, para nada. ¿Yo, enamorarme? Pff. No tengo tiempo para esas ridiculeces. Es un gasto de dinero y tiempo. Estoy concentrado en mis estudios.- decía sobreactuado Emilio,  mirando el suelo morado donde recordaba sus primeros pasos, mientras apresuraba los sorbos que bebía  del café.
-Ay caramba, que bien pues muchacho.- decía el chin, pensando que no iba a ver otro triste miraflorino merodeando por su tienda para pedirle una chata de ron; como era habitual en el barrio del parque clorinda,  para curar las heridas de esas guerrillas románticas.

 Lo que no sabía el chino era sobre la desesperación que desataban preguntas tan simples como esas en Emilio, la prisa que tenía para volver a conectarse en su computadora, olvidándose de la pareja que jugaba rayuela, la cuadra cuarenta y cinco de la
Av. Petit Thouars,  Miraflores y el mundo entero. Él solo quería estar al frente del monitor y escribirle a Micaela, cualquier cosa para enredarse en una conversación que no sabía si estaba haciendo bien o mal.
-¿Emilio, estás?- Había dejado de mensaje en la red social donde se comunicaban sus historias, ideas, banalidades y a veces, hasta sentimientos que tenían el uno del otro. Volvía la calma en Emilio atravesando con un saludo primordial y un cómo-estás en la conversación.
-Ah bueno, Te tengo que contar algo muy importante, es sobre algo que me está pasando. Hace una semana. Conocí un chico que se llama Andrés. Es demasiado lindo, sabe las canciones de Silvio y Pablo Milanés; creo que estudia música y me parece simpático.-  Derramaba Micaela desde su habitación todas las fragancias aromáticas que le hizo oler Andrés ocho días atrás en el parque María
Reich.
Un día cuando Emilio tenía que hacer unos trabajos; Micaela salió con su perro por el malecón. Mientras caminaba, ella tenía frases de poemas que Emilio le pasaba, generando dudas en su cabeza 
«A Emilio le podría gustar…nah. Sería muy chistoso, extraño, tal vez, en especial con él.»
Kundalini (la mascota de Micaela) empezó a ladrarle a un desconocido que estaba sentado en una de las bancas del parque, como tratando de callar las melodías que cantaba el chico al viento. -¿Te puedo ayudar?- Dijo el chico de mediana estatura, mirándola a los ojos. Atravesando todos los campos de trigal que nadie había sembrado, hasta tocar la puerta de esa hacienda que ella no sabía que existía dentro de su corazón. –Ah, Hola, no para nada. Es él que a veces se pone en un plan jajaja.- Con un tono nervioso y pasivo, tratando de manejar sus emociones dejaba entrar todas las posibilidades que podían suceder en esa tarde. –Ah bueno.- Retomaba la letra y continuaba el ritmo de Silvio. Como noticia de golpe, de pronto se sabía que el corazón de Micaela había sido dominado en cierta parte por el chico y las melodías que tiempo a tiempo del riff, de la guitarra envenenaba en una terrible ilusión a la pobre. –Tocas a Silvio qué paja, sería bueno que conozcas un amigo que le encanta su música.- Andrés la miro y le respondió con una aprobación al entendimiento de cualquier ser viviente en este planeta.
Antes de continuar con la pesadilla descrita por Micaela, el miedo en el pobre Emilio recorría sus venas, como si le hubieran inyectado aire. Se quedó paralizado con la posible respuesta de su pregunta, ya que ese “me parece simpático” decía todo lo que iba a venir.
-. Espera. ¿Cuál es su apellido? -
-. Benavente.- Miraba Emilio por su ventana, como si todo otra vez estuviera perdido.  Prendió un cigarro y disparó otra idea en su cabeza, rindiéndose antes de tiempo. Tiraba la toalla llena de versos dentro del cuadrilátero del amor y dejaba que otro se llevara la copa con la que uno sueña tomar vino el día de su boda y renunciaba a todas sus intenciones con  la musa que vivía en sus sueños. Cuando de pronto se abre otra ventana de conversación en su monitor.
-Oe! No sabes. He conocido una flaca hermosa, cualquiera que esté con ella la tiene ganado. Voy a salir con ella  uno de estos días, fácil, y un pata de ella  la próxima vez. Ya la hice men. Wuuujuu.- Andrés se bañaba en gloria. Purificaba su piel, perdiendo la memoria de las victimas en su haber. Tantos corazones rotos y ninguna disculpa. La sonrisa mental de Andrés era impresionante. La guerra de pasiones, no importaba cuando su alma estaba de carnaval. Por primera vez  había visto a una chica tan hermosa, como Micaela y no parecía querer perder la oportunidad que le dio ella. Tal vez esto era distinto o tal vez era igual. Andrés resultaba siempre impredecible en los juegos del amor.
-Sí, la manyo. Es Micaela. Me acaba de contar la historia. Sal con ella si quieres. Es buena gente.-
Con esas palabras entregaba a uno de sus más grandes amores secretos, en bandeja de plata al amigo. Emilio estaba triste, quería olvidarse de todo. Se desconectó de las redes, respiró profundamente y al exhalar todo ese aire que retenía en su garganta, dejó sacar todo esos deseos con Micaela juntos. Una avalancha se venía encima de él. Su cuerpo no resistía la presión. Entró entre llantos sigilosos en compañía de su almohada con las tres de la tarde cubriéndole el cuerpo por la ventana.



martes, 17 de septiembre de 2013

El café de Emilio - Micaela

Micaela es una chica de pelo castaño y piel nívea con pequeños destellos pardos en su rostro; lleva en su melena los recuerdos de tantos amores perdidos entre los deseos que ha tenido, pero no ha podido lograr. Es jocosa y sabe mantener la ira que tiene a veces dentro de ella, como tragando el sabor amargo de la muerte dentro de la vida. No busca pareja, pero la encuentra sin desearla y cuando la encuentra a veces peca de mala chica para muchos chicos ilusos. Sabe que si tiene una relación amorosa, terminará partiendo el corazón de uno y estará triste por sus actos, por eso no  quiere una relación con nadie, desea vivir en su tranquila soledad -que el mundo espiritual le enseñó- pasando por diversas experiencias con distintos seres que nadie encuentra. Es estudiante de danza contemporánea  y expresa todas las emociones que tiene a través de su cuerpo. Ante todos es introvertida y expresa sus ideas sin mirar a nadie, porque capta miradas con su presencia; solo cuando habla con Emilio muestra sus ojos, petrificando la mirada de su mejor amigo que la conoce desde hace cuatro años. Relación que ha sabido mantenerse por los gustos en común; la música, la cultura pop y el cine.

No ha sabido superar todavía la pérdida de uno de sus romances, Andrés. Usa a Emilio como psicoanalista para revelar todo lo que siente por el que una vez fue la última pareja que tuvo y la razón de su solitaria existencia.  Ella tiene un secreto que nadie sabe, ni a su alma le ha revelado el mayor de sus profundos conocimientos de sí misma; guarda entre copas de vino y el humo de varios cigarros el preciado secreto que anhela Emilio descubrir.

El café de Emilio - Andrés

Andrés es piel canela de corto pelo y anda vestido según los tiempos de su edad. No necesita respiros, él respira el aire de las que caen en sus labios y se enreda en sus pieles cuando tiene la oportunidad de que todo el mundo lo vea. Es un asesino en serie, quiebra corazones sin el mayor resentimiento. Busca placeres del momento que están a la moda, todas saben que es un veneno adictivo y sin cura, lo hace llamativo ser codiciado en la ilegalidad de los tiempos contemporáneos. Es inspiración de llantos para ninfas ilusas y uno de los mejores amigos de Emilio que paradójicamente es adicto al mismo veneno sin consumirlo.
Anda perdido entre lo que es correcto y malo, peca siempre cuando su cuerpo necesita carne nueva; sus deseos los hace realidad mostrándose ante la persona que desea y calla las dudas de otras con las palabras que aprendió de Emilio cuando le contaba todas sus anécdotas. Al parecer Andrés peca de inocente, pero en lo profundo de él, todo lo hace con una causa y efecto, sin errores, ni contradicciones.
Es un adicto compulsivo al cigarro, pero cuando se trata de engaños sabe como ocultar todas sus adicciones, hasta las más crueles de ellas. Es un músico de trova, recita canciones somníferas para la razón cuando ve a una presa resplandeciente. Anota todas sus víctimas en un diario público y cuando una ninfa recobra la razón, Emilio le da una dosis de consejos sobre el amor; como que todas las lágrimas que derramó, son pruebas de un verdadero amor. Esto se vuelve un ciclo de contradicciones que Andrés sabe aprovechar y usarlo a su favor, mientras Emilio no dude todos los consejos que da y Andrés no se sienta mal, porque al final de todo, Andrés, solo está disfrutando la edad ilusa en la que vive.

El café de Emilio - Emilio

Usa trajes grises para contrastar su barba parda lóbrega y  su nívea piel empalidecida; las ojeras bordean sus ojos, como radares que miran su contradicción.  Mira al vacío cuando no ve el dilema,  alza sus brazos para no ahogarse entre discusiones; porque él no sabe lidiar con sus voces y cuando lo hace se reprime en su asfixio. Sus voces lo condenaron a una soledad perenne que lo llevó a esa solitaria rutina de hablar al público sin qué comentar. No tiene hijos y no los poseerá, ha sido parte de su condena; quitarle el derecho de gozar su propia familia es uno de sus grandes problemas.
Es escritor urbano en una capital gris de América latina. Gana unos centavos con los malabares en la Avenida Angamos. Consigue muchas veces lo que quiere mediante la manipulación de una voz que le dice estratégicamente que hacer, 
y cuando cree haber hecho todo para que la voz esté cómoda, otra voz le fastidia.
Ha tenido un pasado misterioso que no recuerda, para complacer las voces que vio crecer dentro de él y entre tantas disyuntivas de estar con alguien o no, dispara su mente –como bala de cañón- al octavo cuarto del cielo sin los brazos abiertos. Aspira caer muerto y no sentir el porrazo del concreto. Internando sus esperanzas por las musas en una mazmorra donde los palomos agonizan al entrometerse en el humor de las fresas que se olvidaron sacar meses atrás. Emilio ha besado a tanta Julia en sus notas, pero ninguna en la realidad ficticia de esta historia y todas sus contradicciones románticas las escribe –después de contrastar lo real y lo ficticio- entre lágrimas negras. Vive en una encrucijada, perder la amistad de tantas relaciones que con el largo del tiempo han de desarrollarse en los relatos cortos, mientra bebe un café.